Cómo crear vínculos sanos en la adultez
La amistad entre mujeres es una de las relaciones más poderosas que existen.
También es una de las menos entrenadas.
Crecemos escuchando que “las amigas son para siempre”, pero casi nadie nos enseña cómo se cuidan los vínculos cuando la vida cambia: cuando una crece, cuando otra se queda, cuando aparecen límites, silencios, decisiones incómodas, prioridades nuevas.
Con los años he visto algo repetirse muchas veces:
las mujeres no se rompen por falta de amor entre ellas,
se distancian por falta de herramientas para sostener el vínculo en la adultez.
Porque la amistad no es solo compañía.
Es presencia cuando la otra no está en su mejor momento.
Es respeto cuando no piensa igual que tú.
Es aprender a no tomarte personal procesos que no tienen que ver contigo.
Y esto no se da por sentado.
Se aprende.
Se entrena.
Se conversa.
He estado en espacios donde las mujeres se escuchan de verdad.
Donde no hay competencia por quién brilla más.
Donde el éxito de una no incomoda a la otra.
Donde la incomodidad se puede nombrar sin que el vínculo se rompa.
Eso no es casualidad.
Eso es cultura emocional.
Las comunidades que funcionan no se sostienen solo por afinidad,
se sostienen porque hay acuerdos implícitos:
respeto, cuidado, responsabilidad afectiva, capacidad de diálogo.
Cuando estos acuerdos existen, la amistad deja de ser frágil
y se convierte en un espacio seguro para crecer.
La amistad entre mujeres no es solo un regalo.
Es un trabajo interno que luego se refleja afuera.
Y mientras más consciente eres de cómo te vinculas,
más sanos se vuelven tus espacios,
tus relaciones
y la forma en la que acompañas a otras mujeres en sus procesos.
Este tipo de vínculos no se improvisan.
Se construyen con intención.
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